El arte egipcio se reconoce por su hieratismo, sus figuras con la cabeza y las piernas de perfil y el ojo y los hombros de frente, el tamaño según la importancia y un canon de proporciones que se mantuvo durante casi tres mil años. No buscaba la belleza por sí misma: tenía una función religiosa y debía durar para siempre. Su arquitectura, de pirámides, templos y tumbas excavadas en la roca, sigue en pie en El Cairo, Luxor y Asuán.

Quien entra por primera vez en un templo egipcio suele tener la misma sensación: todo es enorme, todo está cubierto de figuras y, sin embargo, todas parecen iguales. Esa impresión tiene una explicación, y entenderla cambia la visita. El arte egipcio no era arte en el sentido moderno. No se firmaba, no buscaba la originalidad y no se hacía para ser admirado en una exposición: se hacía para que funcionara, para mantener vivo al difunto, alimentar a los dioses y asegurar el orden del mundo.
En esta guía te explicamos sus características, cómo se pintaba y se tallaba, qué significan los colores, cómo se construían los templos y las tumbas y dónde ver cada cosa durante el viaje. Si quieres el contexto histórico completo, empieza por nuestra guía del antiguo Egipto.
La gran excepción es la época de Akhenatón, hacia el 1350 a. C., cuando el arte se volvió de pronto más libre: cuerpos alargados, rostros expresivos y escenas íntimas de la familia real jugando con sus hijas. El busto de Nefertiti es de este momento. Tras su muerte, el arte volvió a las reglas tradicionales.
Los egipcios usaban dos técnicas de talla en los muros. En el bajorrelieve, se rebaja la piedra alrededor de la figura, que queda sobresaliendo; es la técnica más delicada y se usaba sobre todo en interiores, donde la luz es suave, como en el templo de Seti I en Abydos, que te contamos en templos de Dendera y Abydos. En el hueco relieve, en cambio, la figura se hunde en la piedra y la superficie de alrededor queda intacta. Con el sol fuerte del exterior, el hueco relieve crea sombras muy marcadas que se leen desde lejos, y por eso cubre las fachadas y los patios de templos como Medinet Habu.
Casi todo estaba pintado, también los relieves y las estatuas de piedra que hoy vemos de su color natural. Se pintaba en seco sobre una capa de yeso, con pigmentos minerales mezclados con una goma vegetal. Los egipcios crearon además el azul egipcio, considerado el primer pigmento sintético de la historia, que se fabricaba calentando arena, cobre y cal. Las tumbas del Valle de los Reyes y las tumbas de los nobles son el mejor lugar para ver esos colores casi intactos.

Una convención más: los hombres se pintaban con la piel de color rojizo y las mujeres con un tono amarillo claro, lo que indicaba la vida al aire libre de unos y la vida en casa que se esperaba de las otras.
Las estatuas egipcias están pensadas para verse de frente y conservan la forma del bloque de piedra del que salieron: brazos pegados al cuerpo, piernas unidas por un pilar trasero, una pierna adelantada en las figuras masculinas de pie como gesto de avance. Había tipos muy fijos: el rey sentado en su trono, el rey de pie, el escriba sentado con el papiro sobre las rodillas o la estatua cubo, un personaje sentado con las rodillas levantadas y envuelto en su manto, que solo deja ver la cabeza.
En el extremo opuesto están los colosos, las estatuas gigantes de los faraones, pensadas para impresionar a quien llegaba al templo. Los de Ramsés II en Abu Simbel y en el templo de Luxor, o los Colosos de Memnón en la orilla oeste, se ven a kilómetros. Y en el Egipto de los Ptolomeos, la escultura mezcló por primera vez la tradición egipcia con el realismo griego, algo que se ve bien en los retratos de Cleopatra y sus antepasados.
La arquitectura egipcia distinguía entre lo que debía durar para siempre y lo que no. Casas, palacios y murallas se levantaban con adobe, ladrillo de barro secado al sol, y han desaparecido casi por completo. Templos y tumbas, las casas de los dioses y de los muertos, se hacían de piedra: caliza en el norte, arenisca en el sur y granito de Asuán para obeliscos, sarcófagos y estatuas. Sus rasgos principales son los muros inclinados, los techos planos sostenidos por columnas, la simetría axial y una escala pensada para empequeñecer al ser humano.
Las primeras tumbas reales eran mastabas, construcciones rectangulares de techo plano sobre un pozo funerario. Hacia el 2650 a. C., el arquitecto Imhotep apiló seis mastabas de piedra de tamaño decreciente para el rey Djoser y nació la pirámide escalonada de Saqqara, el primer gran edificio de piedra del mundo. En su complejo aparecen ya columnas acanaladas que recuerdan a las griegas, dos mil años antes. De ahí se pasó a las pirámides de caras lisas de Dahshur y a la gran perfección de Giza, que explicamos en cómo se construyeron las pirámides.
Los templos del Imperio Nuevo siguen un plan casi fijo que se entiende como un camino desde el mundo exterior hasta el dios. Primero, una avenida de esfinges y el pilono, la gran fachada con dos torres; después, un patio abierto lleno de luz; luego, la sala hipóstila, un bosque de columnas en penumbra; y al final, el santuario, pequeño y oscuro, donde vivía la estatua del dios. A medida que se avanza, el suelo sube, el techo baja y la luz desaparece. Karnak es el ejemplo más grande, y en los 10 templos imprescindibles de Egipto los repasamos todos.
Las columnas imitaban plantas: la papiriforme, con capitel de papiro cerrado o abierto; la lotiforme, de flor de loto; la palmiforme, de hojas de palmera; y la hathórica, coronada con el rostro de la diosa Hathor, como en Dendera. Su decoración convertía la sala hipóstila en una especie de pantano primordial de piedra, el lugar donde, según los mitos, empezó la creación.
En el Imperio Nuevo los reyes abandonaron las pirámides y excavaron sus tumbas en la roca, los hipogeos, largos corredores decorados que descienden hacia la cámara funeraria. También se excavaron templos enteros en la montaña, los speos, como Abu Simbel. Los obeliscos, agujas de un solo bloque de granito dedicadas al sol, se tallaban en las canteras de Asuán, donde todavía está tumbado el obelisco inacabado, que muestra cómo se trabajaba.

El templo de Hatshepsut en Deir el Bahari es una excepción magnífica: tres terrazas de columnas encajadas al pie del acantilado, una integración del edificio en el paisaje que parece moderna.
Si quieres probar a dibujar una figura como lo hacían los artistas egipcios, en casa o con niños antes del viaje, sigue sus propias reglas:
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El hieratismo, la ley de la frontalidad, con la cabeza y las piernas de perfil y el ojo y los hombros de frente, la perspectiva jerárquica, en la que el tamaño indica importancia, un canon de proporciones basado en una cuadrícula y una función religiosa: el arte servía para mantener el orden del mundo y la vida eterna.
Es la rigidez y la solemnidad de las figuras, que aparecen serenas, sin expresar emociones ni movimiento, porque representan un estado eterno y no un instante. Es especialmente visible en las estatuas de los faraones y de los dioses.
Porque el artista quería mostrar cada parte del cuerpo en su forma más reconocible: la cabeza y las piernas se entienden mejor de perfil, y el ojo y los hombros de frente. No era falta de técnica sino una convención con sentido religioso.
El uso de la piedra para templos y tumbas y del adobe para casas y palacios, los muros inclinados, los techos planos sobre columnas con forma de plantas, la simetría a lo largo de un eje y una escala monumental. Sus grandes tipos son las pirámides, los templos y las tumbas excavadas en la roca.
Una avenida de esfinges, el pilono o fachada monumental, un patio abierto, la sala hipóstila con columnas y el santuario con la estatua del dios. Del patio al santuario el suelo sube, el techo baja y la luz disminuye.
En Saqqara y Giza para las primeras construcciones en piedra, en los museos de El Cairo para la escultura y el tesoro de Tutankamón, en Luxor para los templos y las tumbas pintadas, y en Dendera, Abydos, Asuán y Abu Simbel para el color, el relieve fino y la arquitectura excavada en la roca.
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