Osiris era el dios egipcio de la muerte y la resurrección, rey del más allá y juez de los difuntos. Se le representa como un rey momificado, de piel verde o negra, con la corona atef y el cayado y el mayal en las manos. Su mito, asesinado por su hermano Set y devuelto a la vida por Isis, explica por qué los egipcios creían en la vida eterna. Su gran santuario estaba en Abydos.

Si hubiera que elegir un solo dios para entender el antiguo Egipto, sería Osiris. No era el más poderoso ni el más antiguo, pero su historia es la que da sentido a las pirámides, a las momias, a las tumbas pintadas y a buena parte de los templos que se visitan hoy. Todo egipcio esperaba, al morir, seguir el mismo camino que él: morir, ser reconstruido y volver a vivir.
Aquí te contamos quién era, qué dice exactamente su mito, qué significan sus colores y sus objetos, cómo se convirtió en el juez de los muertos y dónde se le encuentra durante un viaje, desde Abydos hasta Abu Simbel.
Osiris es el nombre griego del dios que los egipcios llamaban Usir. Según la teología de Heliópolis, era el hijo mayor de Geb, la tierra, y de Nut, el cielo, y hermano de Isis, Set y Neftis. Con Isis formaba la pareja divina por excelencia: hermanos y esposos a la vez, una costumbre que entre los dioses, y a veces entre los reyes, no escandalizaba a nadie.
Su campo de acción era doble. Por un lado gobernaba el mundo de los muertos, la Duat, como rey y juez. Por otro, era una fuerza de la naturaleza: la vegetación que muere en verano y renace con la crecida del Nilo, el grano que se entierra y germina. Para un egipcio no había contradicción. La muerte de un hombre y la siembra de un campo eran el mismo misterio, y Osiris era la prueba de que ambos terminaban en vida nueva.
Su culto creció a partir del final del Imperio Antiguo hasta convertirse en el más extendido de Egipto. Desplazó como señor de los muertos a Anubis, que pasó a ser su ayudante, y heredó su título de primero de los occidentales, es decir, señor de los que descansan en el oeste.
Los textos egipcios nunca cuentan el mito completo de una sola vez: lo dan por sabido y aluden a episodios sueltos. La versión ordenada que conocemos se la debemos sobre todo al escritor griego Plutarco, que la recogió en el siglo I o II de nuestra era. Con esa salvedad, la historia es esta:
Es una historia de traición, de duelo y de amor fiel, pero sobre todo es una promesa: si a Osiris, asesinado y despedazado, se le pudo devolver la vida, cualquier egipcio podía esperar lo mismo. Puedes leer cómo encaja con el resto de dioses y leyendas en mitología egipcia.
Es lo primero que llama la atención en las pinturas: un dios con la cara y las manos verdes, o a veces negras. No es un muerto en descomposición, como a veces se cree. El verde era el color de la vegetación nueva, de los brotes y del papiro, y por extensión de la vida que vuelve. El negro, igual que en el caso de Anubis, era el color del limo fértil que dejaba la crecida del Nilo. Los dos colores dicen lo mismo: renacimiento.
Esa relación con las plantas no era solo simbólica. En algunas tumbas se han encontrado los llamados lechos de Osiris: marcos de madera con la silueta del dios, rellenos de tierra y semillas, que se regaban para que germinaran dentro de la tumba. Ver crecer el grano con la forma de Osiris era ver, literalmente, la resurrección.
Osiris es uno de los dioses más fáciles de reconocer, porque casi nunca cambia de aspecto. Siempre aparece como una momia de pie o sentada en un trono, con las piernas juntas envueltas en el sudario y los brazos libres.

En el más allá, Osiris presidía el tribunal que decidía el destino de cada difunto. La escena aparece en el capítulo 125 del Libro de los Muertos: Anubis pesa el corazón del muerto frente a la pluma de Maat, Thot anota el resultado y Horus presenta al difunto ante Osiris, sentado en su trono, a menudo con Isis y Neftis de pie detrás de él. Si el juicio era favorable, el difunto entraba en el reino de Osiris, un paraíso agrícola con campos de juncos donde la cosecha nunca fallaba.
Lo más interesante es lo que le pasaba al difunto después: se convertía él mismo en un Osiris. En los textos funerarios, el nombre del muerto va precedido por el del dios, como si fuera un título: el Osiris tal, el Osiris cual. Al principio ese privilegio estaba reservado al rey, pero con el tiempo se extendió a cualquiera que pudiera pagarse un entierro digno. Fue una de las grandes revoluciones de la religión egipcia, y explica por qué la momificación se volvió tan común.
Ningún lugar estuvo tan ligado a Osiris como Abydos, en el Alto Egipto, entre Luxor y Sohag. Allí se creía que estaba enterrada su cabeza, o según otras versiones su cuerpo entero, y una de las tumbas reales de la primera dinastía se acabó identificando con la tumba del dios. Durante dos mil años, Abydos fue un lugar de peregrinación: los egipcios querían ser enterrados allí o, si no podían, dejar una estela o una pequeña capilla para participar para siempre en las fiestas del dios.
Cada año se celebraban en Abydos los misterios de Osiris, una procesión que representaba su muerte, su búsqueda y su regreso, con la estatua del dios saliendo del templo hacia su tumba en el desierto. Los textos que lo describen hablan de multitudes, combates simulados y lamentos, algo bastante parecido a una semana santa del antiguo Egipto.
Hoy lo que más impresiona en Abydos es el templo de Seti I, con algunos de los relieves mejor conservados de todo Egipto, muchos de ellos con su color original, y siete capillas dedicadas a otros tantos dioses, entre ellas la de Osiris. Detrás del templo está el Osireion, una estructura de grandes bloques de granito semihundida en el agua, construida como cenotafio del dios. Te contamos cómo combinar la visita con Dendera en los templos de Dendera y Abydos.

Además de Abydos, Osiris aparece en casi cualquier monumento funerario del país. Estos son los sitios donde mejor se le ve:

Si quieres ver varios de estos lugares en un mismo viaje, un crucero por el Nilo entre Luxor y Asuán pasa por Luxor y Filae, y Abu Simbel y Abydos se añaden como excursiones de un día.
El mito de Osiris no era solo una historia religiosa: era la base del poder real. Cada faraón vivo era Horus, el hijo que había recuperado el trono de su padre. Cada faraón muerto se convertía en Osiris, el padre que reinaba en el más allá. La sucesión de un rey a otro repetía, generación tras generación, la sucesión de Osiris a Horus, y daba a cada nuevo rey la legitimidad del hijo vengador.
Por eso Isis, la esposa fiel y la madre que protegió a Horus, se convirtió en una de las diosas más veneradas de la historia, adorada hasta en Roma. Y por eso el ojo de Horus, perdido en la lucha con Set y devuelto a su sitio, acabó siendo un amuleto de protección y de curación. Toda la familia está presentada en dioses del antiguo Egipto.
Era el dios de la muerte y la resurrección, rey del más allá y juez de los difuntos, y también un dios de la vegetación que renace. Según el mito, fue asesinado por su hermano Set y devuelto a la vida por su esposa Isis, y desde entonces reina sobre el mundo de los muertos.
Lo encerró en un cofre hecho a su medida y lo arrojó al Nilo. Cuando Isis recuperó el cuerpo, Set lo encontró, lo despedazó en catorce partes y las esparció por Egipto. Isis y Neftis reunieron los pedazos y Anubis los envolvió, en lo que se considera la primera momificación.
Porque el verde era el color de la vegetación nueva y de la vida que renace. A veces se le pinta negro, el color del limo fértil del Nilo. Los dos colores simbolizan la resurrección, no la muerte.
Su hijo con Isis es Horus, que vengó a su padre y recuperó el trono de Egipto. Algunas tradiciones tardías hacen también a Anubis hijo de Osiris y de Neftis.
La corona atef, blanca y con dos plumas a los lados, es exclusiva de Osiris. El cayado y el mayal, cruzados sobre el pecho, son los cetros del rey. Osiris los lleva como rey de los muertos y los faraones como herederos suyos.
Su gran centro de culto era Abydos, en el Alto Egipto, donde se creía que estaba su tumba y se celebraban cada año los misterios de Osiris. Hoy se visita allí el templo de Seti I, con una capilla dedicada a Osiris, y el Osireion. En el Delta, la ciudad de Busiris también le estaba consagrada.
El faraón vivo era Horus, el hijo de Osiris, y al morir se convertía en Osiris. Por eso tantas estatuas de reyes los muestran con los brazos cruzados y los atributos del dios, como en Abu Simbel o en el templo de Hatshepsut.
Sí. Abydos se visita en una excursión de un día desde Luxor, normalmente combinada con el templo de Dendera, porque los dos quedan al norte de la ciudad, en la misma ruta.
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